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Prometeo… la historia sin fin

 Prometeo…la historia sin fin.




Prometeo, pobre ingenuo, creyó que robar el fuego era difícil. Si hubiera conocido a nuestros dioses actuales —esos que gobiernan como si el Olimpo fuera un local de comida rápida donde todo se decide “al momento”— habría entendido que el verdadero reto no es escalar montañas, sino sobrevivir a la creatividad legislativa de quienes confunden el estado de derecho con un accesorio opcional, como un llavero o un souvenir de aeropuerto. Un grupo de personas que creen que construir y preservar el estado derecho es como escribir un WhatsApp con faltas de ortografía sin saber lo qué dictaron previamente Hobbes, Kelsen o al menos Ferrajoli que sigue vivo.

En esta reinterpretación, Prometeo somos los liberales, esos tercos que insistimos en que “la ley es la ley”, como dice Andrés Rosler. Y que esta debe servir para limitar al poder y no para adornarlo.

El fuego es el estado de derecho, un artefacto peligroso que ilumina demasiado y muestra el camino liberal en contra del proceso conservador que está arrasando con todo.

Y los dioses son los gobernantes en turno, esos seres que creen que la Constitución es un menú degustación donde pueden escoger solo lo que les gusta e inaplicar lo que les parece injusto como dictan los canones del más profundo IUSmoralismo emanado de las entrañas de los tomistas.

El fuego que los dioses quieren “administrar”

Los dioses modernos no quieren apagar el fuego. Quieren administrarlo, como si fuera un programa social o un fideicomiso. Quieren decidir quién lo usa, cuándo lo usa y, sobre todo, quién no debe acercarse porque podría “malinterpretarlo”.

El fuego —la ley— les estorba, porque les recuerda que no son omnipotentes. Les recuerda que hay límites.

Y los límites, para ellos, son como una dieta: todos dicen que la respetan, pero nadie la cumple y muchos ni la han leído.

Prometeo contra el Olimpo burocrático

En el mito clásico, Prometeo enfrenta es condenado a que un águila devore sus entrañas. Pero eleva al hombre a nivel de los dioses otorgándoles dos derechos universales: igualdad y libertad.

En el nuestro, enfrenta algo más temible: mayorías legislativas disciplinadas e incapaces de razonar y, por ende – en palabras de Karl Popper: irracionales- comisiones que duran menos que un TikTok, reformas aprobadas con la misma seriedad con la que uno elige una pizza y una devoción casi religiosa por la frase “es por el bien del pueblo”.

Y así, dioses modernos le lanzan obstáculos a Prometeo como si fueran rayos. Reformas al vapor que se aprueban antes de que el ciudadano termine de leer el título.

Narrativas épicas donde el gobernante siempre es héroe y el ciudadano siempre es villano, como las votaciones de Lenia Batres contra los trabajadores.  De Instituciones debilitadas que funcionan solo como templos sin columnas.

O de proyectos de Ley que luchan por una muerte digna de los enfermos de cáncer, que, por ejemplo, tienen menos apoyos jurídicos y económicos que el tren maya, por absurdo que parezca. O la autorización de CarT Cells impulsada por Marcelo Ebrard y detenida por Cofepris hace cuatro años ya,que se convierte en una condena de muerte a millones de mexicanos.

Pero Prometeo insiste. Porque si algo define al liberal es esa necedad casi poética de creer que la ley debe aplicarse incluso cuando al poder le da comezón.

El fuego no es un accesorio de campaña

Los dioses, ofendidísimos, acusan a Prometeo de exagerado. Corren y lo acusan con Zeus de indisciplinado, piden su cabeza a sus superiores tratando de apaciguar su ira hundiendo a los Prometeos que buscan la luz del fuego a través de las leyes.

Para el séquito de los dioses y sus secuaces eso del estado de derecho está bien, pero no hay que ponerse tan estrictos. Para ellos la ley es flexible. Para ellos la Constitución es “interpretativa”. Defienden que el fuego es suyo porque ellos lo “cuidan mejor”.

Y ahí es donde uno entiende que el mito sigue vigente.  El fuego no es un accesorio de campaña. No es un adorno para discursos. No es un juguete para gobernantes aburridos. Es un límite.

Y los límites, para los dioses, son como la verdad: incómodos.

El final que los dioses quisieran censurar

En la versión clásica, Prometeo entrega el fuego y la humanidad y está finalmente abre los ojos y progresa. Como pasó en la ilustración. Como pasó en la lucha independencia, la guerra reforma y la revolución mexicana. Los Prometeos siempre ganan y le regresan el fuego al hombre.

Nuestro ejemplo más reciente ocurrió en 2018 con una alianza de tres partidos políticos en donde el Partido del Trabajo fue el verdadero fundador desde el 2000 más de una década antes de que existiera Morena y cuando el Verde era de derecha, por ejemplo.

Pero lamentablemente la dirección del proyecto poco a poco se deshizo de los Prometeos y se extravió como en los tres intentos previos, pero con mayor velocidad.

Por ello, en la versión moderna, Prometeo entrega el fuego y los dioses intentan arrebatárselo, regularlo, monopolizarlo, reinterpretarlo, “modernizarlo” y, si se puede, guardarlo bajo llave en un cajón con etiqueta: “solo para uso divino”.

Pero aquí viene el giro ácido. Cada vez que los Prometeos —un ciudadano, un juez, un periodista, una persona con cáncer, un vecino de colonias irregulares, un médico, un colegio de arquitectos de abogados, o un legislador - defienden el fuego, el mito se reescribe. Y comienza a crecer. A vencer.

Y los dioses descubrirán que, si no se endereza el rumbo hacia el liberalismo y la izquierda real, el paseo por el Olimpo no será eterno. Y se hará nuevamente verdad la frase de Joaquín Sabina que dice: “Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”.

 

Dr. Hugo Alday Nieto


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